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Después de pensármelo mucho finalmente he decidido tirarme a la piscina. Un curso básico de WordPress más tarde, aquí tenéis la primera entrega de este blog que hoy pongo en marcha. Mi único objetivo es la de compartir con vosotros las curiosas historias sobre mallorquines que día a día me encuentro en los archivos. Historias de las que a buen seguro nunca habréis oído hablar y que intentaré contaros sin que os durmáis en el intento. Por tanto, si consigo que disfrutéis de un rato divertido y que os peguéis unas risas leyendo las aventuras y desventuras de los protagonistas, me daré por satisfecho. Así que, me callo de una vez y os dejo con la batallita de esta semana. Para que os situéis: Europa, principios del siglo XVII, un soldado mallorquín buscándose la vida… Enjoy!:


Con el fin de las hostilidades de la interminable guerra de Flandes en el año 1607, que le estaba costando un ojo de la cara a las arcas de la Monarquía Hispánica (en la mina de Potosí los indígenas no daban abasto a sacar suficiente plata para pagar las nóminas de nuestros valientes soldados así como los intereses de los siempre “incorruptibles” banqueros que prestaban alegremente dinero a nuestro católico soberano –ya podéis imaginar quienes eran los primeros en cobrar-), empezaron las colas y las hostias para colocarse en una buena plaza. Vamos, unas vacaciones pagadas a la espera de que nuestros avispados dirigentes decidieran meternos en un nuevo fregado internacional y sangrarnos un poquito más. Y eso que muy a nuestro pesar por aquel entonces ya empezábamos a no ir muy sobrados, mucho país envidioso había que ya comenzaba a remojarnos las barbas y afilar las cuchillas. Uno de estos pretendientes a una más que merecida plaza de alcaide de castillo, fue el mallorquín Francisco Orlandis, veterano capitán de pelo en pecho, acostumbrado como muchos otros, a que le partieran la cara en nombre de su amado Rey y aún más estimada patria. Ojito con el curriculum que este señor presentó a las instituciones reales. Orlandis, técnicamente en pleno uso de sus facultades mentales, decidió alistarse en el año 1573 en la ciudad de Mallorca. Hasta aquí todo correcto. Se las prometía muy felices, pensando que lo destinarían a Italia, a comer pizza y pasear por los viñedos de la bella Toscana, cortejando alguna joven doncella, inexperta en los tortuosos caminos del amor. Pues no. Van y lo mandan a Túnez, soldadito raso de la fortaleza de La Goleta. ¡Hala a comer guardias chaval! No tuvo que esperar mucho para ser desvirgado, militarmente hablando claro. Al año siguiente se presentó en Túnez una armada otomana de nivel, vamos que a más de uno al verlos aparecer se les debieron poner por corbata. Aquí los turcos, siempre tan rencorosos, dispuestos a devolvernos los obsequios y parabienes con los que les habíamos agasajado en la batalla de Lepanto (no es por vacilar, pero ya sabéis: la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros). Pero bueno, no os engañaré. Hicimos lo que pudimos, íbamos un poco justos de personal y presupuesto, así que nos dieron “pal pelo”. Fue una auténtica carnicería y no se salvó ni el tato, apenas quedaron unos 400 españolitos que desfilaron para las acogedoras cárceles argelinas a la espera del pertinente rescate. ¿Suerte de seguir con vida?, depende de cómo se mire. Al bueno de Orlandis no creo que le hiciera mucha gracia pasarse cinco años disfrutando de las constantes atenciones de los carceleros argelinos. Pero no os preocupéis por él, era un tipo duro, todo un luchador. Después de esta “breve” y exigente estancia, privado de spa y del todo incluido pero con sauna y masaje turco, su familia consiguió pagar el rescate y devolverle la libertad. Los siguientes diez años los pasó a caballo entre Sicilia y Nápoles, con poca cosa que hacer, disfrutando de la hospitalidad italiana. Pero nuestro amigo necesitaba acción, tenía cuentas pendientes con los turcos. Así que en el año 1594, aprovechando que los iluminados cerebros militares de nuestro Rey habían vuelto a la carga y habían tirado la casa por la ventana, preparando una armada “number one” para enseñarle al gran almirante otomano Escipión Cicala como nos las gastábamos, Orlandis decidió unirse a la expedición con la esperanza de devolverles las atenciones que le prestaron durante su prisión argelina. Era la hora de las tortas. Se ve que Orlandis se lo tomó en serio esto de repartir amor cristiano entre el infiel, porque al poco tiempo vio recompensado su arrojo y determinación siendo ascendido por sus superiores al grado de flamante cabo de la nave capitana de la armada (ascenso que evidentemente no se vio reflejado en su salario, todo muy profesional, muy español). Una vez finalizadas sus aventuras por el Mediterráneo, lo mandaron junto con su compañía para Lombardía y de allí a Flandes. Aquí la cosa ya empezaba a complicarse, caquita de la buena. Hasta el más cortito de los soldados sabía que de ahí si que uno no salía entero, pero bueno es lo que había. Para Flandes y campaña contra los rebeldes y sus amiguitos franceses. Como Orlandis ya era perro viejo en esas lides de abrir melones y cabezas, le recompensaron con tener el honor de formar parte de la vanguardia que en la primavera de 1596 se iba a tener que dejar los cojones en el asalto de la villa de Calais, peleando pica contra pica, mano a mano, hombre a hombre contra Les Bleus. Un tipo con suerte este Orlandis, de un ejército de 21.000 hombres le había tocado a él. La cosa estuvo reñida, pero finalmente conseguimos darles pasaporte a los franceses, aunque ellos mientras tanto nos la clavaron en La Fera, pero eso es otra historia. Así que continuamos la campaña pasándonos por la piedra las villas de Ardres y Hulst. Como veis todo muy patriótico, fanfarrias incluidas. Las medallas no tardaron en caer sobre el pecho de nuestro amigo Orlandis, el archiduque Alberto de Austria le nombró alférez y lo recompensó empaquetándolo nuevamente para Lombardía. Aquí comenzó una nueva etapa de tan ilustre carrera militar. El rey Felipe II como vio que la familia de Orlandis iba sobrada -nuestro soberano olía el dinero a distancia- le dio el honor de poder levantar varias compañías de soldados y pagarlas de su propio bolsillo. Nuestro católico monarca que ya estaba en las últimas las necesitaba en Lisboa, donde al parecer iban un poco justos de personal. Estoy seguro que la cara que se le debió quedar a Orlandis cuando recibió las misivas reales con tan magníficas órdenes debió ser todo un poema. Ya lo veo sosteniendo con cara de tonto un póster firmado por el rey en plan: “Siempre tuyo, con el mayor de los afectos, Yo el Rey. PD: tu tranqui que yo te lo devuelvo, es que estoy pasando por una mala racha”. En fin, después de que el rey aligerara los bolsillos del pobre Orlandis, nuestro protagonista volvió a sus orígenes siendo destinado nuevamente a la armada de su Majestad, para de esta manera continuar dándole candela al turco. Así que, en esas andaba cuando recibió la noticia de la vacante en uno de los castillos reales. Lamentablemente, y a pesar de todos estos méritos conseguidos durante años de servicio a golpe de riñones y de espada Orlandis no consiguió la plaza de alcaide. Ya sabéis: lo sentimos pero no reúnes el perfil que estamos buscando, pero gracias por tu interés. Quedas en nuestra bolsa de interinos y te llamaremos en caso de que se produzca una baja. Si por casualidad estáis poniendo en duda la limpieza del sistema de selección… ¿que esperabais? This is Spain!

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