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Coincidiréis conmigo en que en estas fechas navideñas no hay nada como ver una buena película de época o en su defecto algún que otro capítulo de la serie histórica de turno para dejar volar la imaginación. Quién no se ha visto a sí mismo, orgulloso y viril (pelazo al viento los que aún lo conservan) en la cubierta de su flamante galera mercante, navegando con gallardía a lo largo del mar mediterráneo. Surcando a todo trapo las siempre peligrosas rutas comerciales que llevan desde los reinos cristianos de occidente hasta las exóticas tierras del este. Por que claro, estáis en plena Edad Media y vais a visitar la siempre deslumbrante Constantinopla con su no tan brillante emperador de turno de la dinastía de los Paleólogos. Disfrutar de unos días de descanso, spa bizantino incluido, para una vez recuperados de las exigencias del viaje y zanjados vuestros negocios allí iniciar un largo y polvoriento viaje que os conducirá a través de territorios desconocidos. Plagados de extraños habitantes que parlotean sin cesar en lenguas que no alcanzáis a comprender. Lo dicho, una caminata de las buenas cruzando ardientes desiertos y angostos parajes hasta llegar a la lejana corte de ¡el Gran Kan! -y no me refiero al que disfrutaba haciéndole la vida imposible al eterno capitán James T. Kirk- sino al autoproclamado Rey de Reyes, descendiente del temible Gengis Kan. Casi nada ¿verdad? Cuanto menos impresiona. El más conocido de todos estos matados que se dejaron las suelas de las botas y unos cuantos dromedarios en la archiconocida Ruta de la Seda atravesando desiertos y tragando arena a paladas fue el guaperas de Marco Polo. El cual como buen hombre de negocios vio un lucrativo Business en las lejanas tierras de Oriente. Los mallorquines, que tampoco éramos unos pardillos en esto de los negocios y que nos gustaban los trapicheos como al que más, no nos quedábamos cortos a la hora de clavarnos un buen viaje entre pecho y espalda si en el horizonte se divisaba un más que merecido y lucrativo beneficio. Si unos venecianos emperifollados, amantes de los paseos en góndola y las fiestas de disfraces habían llegado tan lejos ¿por qué no podíamos lograrlo nosotros también? ¡Cagondena! (expresión típica mallorquina). Pues eso mismo debió pensar en el año 1354 el mercader mallorquín Pere Company. El tío era todo un hacha de los negocios, un killer de los mercados, un MVP de los regateos y después de partirlo en todos los puertos del Mediterráneo necesitaba nuevos retos, y decidió navegar hasta donde no lo había hecho antes ningún mallorquín. Vamos que estaba loco por comerciar con esos gusanitos de seda de Oriente de los que tanto había oído hablar y ganar más pasta de la que pudiera gastar. Así que después de varios intentos y algunas mentirijillas piadosas en plan <tú tranqui que esto está chupado, está aquí al lado y nos vamos a forrar>. Convenció a su colega, el también mercader Francesc Valers –a éste lo conocían muy bien por las islas Canarias-, para qué le acompañara en su aventura. ¿Su destino? las lejanas tierras de Tartaria en Oriente. Así que para allá que se fueron los dos amiguetes embarcándose en un increíble viaje que les iba a llevar años y alguna que otra sorpresa. Después de algunas malas experiencias y ciertas penalidades a través de la larga Ruta de la Seda consiguieron su objetivo. No sólo llegaron hasta la corte del último Gran Kan del imperio mongol, de nombre aún más exótico que sus territorios y el conocido por todos nosotros gracias a la Wikipedia como Toghon-Temür (intentad no ahogaros al pronunciarlo). Sino que además estaban lo suficientemente locos como para pegarse la paliza de volver hasta Mallorca. ¡Si no me creéis intentad ir hasta la otra punta del mundo a lomos de un dromedario! Toda una hazaña al alcance de muy pocos. Así pues, pasaron un largo tiempo en la corte del Gran Kan disfrutando de su típica hospitalidad mongola a la vez que estudiaban nuevas vías de negocio. Lamentablemente y ante la falta de inversores para su nuevo proyecto decidieron regresar a su añorada Mallorca para vacilar de riquezas. Seguro que a su regreso y después de tantos años nadie debía acordarse de ellos. Más de uno debió pensar que se los habrían comido por el camino o que habrían corrido un destino aún peor, convertidos en las exóticas concubinas occidentales de algún jefecillo local llamado Jabba. Pero lo cierto, es que las aventuras de Company y Valers sobre su increíble viaje a Tartaria permanecieron para el recuerdo. Tanto fue así que 40 años después de su regreso a Mallorca y mientras disfrutaban de una jubilación dorada, retirados en un hermoso palacete recordando viejas historias de juventud, recibieron nuevas desde la corte del rey Juan I. Al parecer, el siempre gentil monarca de la Corona de Aragón al que le preocupaban más las artes que el gobierno, ¿podéis creerlo?, se enteró de las peripecias de estos dos locos mercaderes mallorquines y exigió -sobre pena de pataleo real a sus secretarios- que los dos abueletes se desplazaran hasta Valencia para contarle en primera persona los detalles de aquel viaje. Y como nadie quería llevarle la contraría a nuestro viril soberano, amador de toda gentileza, para allá que se fueron. ¡Lo que había que ver, recorrer medio mundo para acabar de bufón de un reyezuelo menor, amante de las cacerías y las artes! ¡Tú que habías conocido al Rey de Reyes, al Grandísimo Gran Kan, al…! ¡Cállese abuelo!

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