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Después del pertinente y necesario descanso navideño, retomamos la actividad con energías renovadas y nuevas historias en la cartera. No me he podido resistir a presentaros una historia que en esta ocasión no tiene como protagonista a un mallorquín sino a un catalán, el conde de Ampurias Ponç Hug V, quien como veréis y muy a su pesar fue acusado por su señor de un crimen que casi llegó a cometer. Por así decirlo, fue una acusación preventiva. Así que allá vamos.


Las relaciones entre señor y vasallo siempre han sido complicadas, ya sabéis cosas de la Edad Media. Desde hacía un tiempo por culpa de unos desafortunados desencuentros, el conde de Ampurias Ponç Hug y su señor el noble rey Jaime II de Aragón habían dejado de ser “muy mejores amigos”. La verdad es que el conde llevaba un tiempo vacilándole al rey y por todos era conocido que era cuestión de tiempo que le cayera un buen paquete. Como era de esperar los acontecimientos no tardaron en precipitarse y en el año 1311, el conde la lió parda al tomar prestadas, con unas cuantas hostias de más de por medio, las mercancías de una nave veneciana. Aquello le creó un buen problema internacional al rey, quien ya tenía suficiente con lo suyo como para que ahora vinieran a tocarle las narices los venecianos con sus lloriqueos. Como veis, motivos no le faltaban al rey para meterle un buen puro al conde. Aún así el monarca no se decidía y por extraño que parezca, a sus reales ojos aquello no era suficiente para crujir al bala perdida de Ponç Hug. Necesitaba algo mucho peor, carnaza de la buena. Tenían que sacar los trapos sucios del conde y desacreditarlo, no todo iba a ser guerra y destrucción. Los agentes reales se pusieron manos a la obra y no tardaron en encontrar petróleo. Al parecer en las últimas fiestas de navidad a un joven sirviente se le había escapado que el conde era todo un picador y que le gustaba jugar a los doctores y no con las mujeres precisamente. Era lo que estaban buscando, ahora podrían empapelarlo por sodomía. Si conseguían más testigos aquello iba a ser mejor que Sálvame Deluxe. Y como podéis imaginar vaya si lo encontraron. El testimonio que emplearon para acusar al bravo y ardoroso conde fue el del caballero Jaume de Cornellà. Y la verdad es que lo clavaron, porque la declaración no tiene desperdicio. Resulta que hacía unos años el joven y apuesto caballero catalán -seguro que debía ser todo un ricitos de oro- había participado bajo las órdenes del conde en un altercado que mantenía éste con Bernat de Orriols. Nada grave no os preocupéis. Fue un tema sin importancia que se resolvió con la clásica y divina justicia de las armas. Una vez que acabaron las hostilidades, las huestes del noble conde, agotadas por tanto deber feudal, se retiraron a la villa de Castellón de Ampurias para tomarse unas merecidas vacaciones. Así que en esas estaban vagueando lo justo cuando una noche el conde mandó llamar a Cornellà a la casa en la que se alojaba. Al parecer el conde tenía algo importante que compartir con su fiel caballero y no podía esperar a la mañana siguiente. Ya sabéis, en plan señor-vasallo, nada fuera de lo normal. Aquella noche Ponç Hug estaba más juguetón de lo normal, así que después de varias jarras de vinito del bueno empezó a tirarle los trastos al caballerete. Lamentablemente para sus perversos intereses (a ojos de Dios, claro) el chico era duro de pelar y no parecía captar sus afiladas indirectas. Pero el conde era perro viejo y se las sabía todas, no había hecho más que empezar. Ojito a la depurada técnica de nuestro protagonista. El tipo era letal. Alegando que ya era demasiado tarde como para que su invitado se marchara, y como buen anfitrión que era le “ofreció” quedarse en su casa y pasar allí la noche. ¡Ay pirata que se por donde vas! El único inconveniente era que lamentablemente la casa sólo contaba con una habitación y tendrían que compartir lecho. Pero Cornellà podía estar tranquilo porque él no era de los que roncaba. El joven caballero no tuvo más remedio que aceptar la invitación, como para no hacerlo, a ver quien era el listo que rechazaba una oferta de su señor feudal. La escena debió ser digna de ver. Al más puro estilo de gladiadores entrando en el caldarium, el conde llegó a la habitación dispuesto a poner toda la carne en el asador. Aquel pipiolo no se le iba a escapar. El tipo se presentó ante su caballero ataviado únicamente con una vaporosa camisa en plan comando (gayumbos out) y mucho me temo que esa camisa no debía tapar mucho. Evidentemente Cornellà lucía el equivalente medieval al pijama de abuelete de nuestros días, unos buenos calzoncillos hasta los tobillos. Al verlo, el conde le recomendó que se los quitará que dormiría mucho mejor y más con el calor que solía hacer en verano por aquellas tierras. Sí amigos, ¡la cosa se estaba poniendo guapa! La cara de Cornellà debió ser todo un poema ante semejante ofrecimiento de su señor. El caballero no dudó en mostrar su desconfianza sobre los supuestos beneficios que reportaban para su salud el hecho de dormir sin la protección de sus robustos calzoncillos medievales. Aún así, una vez más y acatando los rigores de una sociedad estamental se plegó cual corderillo ante los deseos del conde. ¡Gayumbos fuera! Pues ahí los tenemos a los dos, señor y vasallo, metidos en la cama, uno feliz como una perdiz ante su inminente conquista y otro con algo más que una mosca detrás de la oreja. Las hostilidades no tardaron en iniciarse. Nuestro conde, consumado estratega en esas lides (siempre según los pérfidos oficiales reales), comenzó a pellizcar con energía la desprotegida retaguardia del sorprendido caballero. Pero Cornellà no se lo iba a poner fácil, él era un caballero de profundos ideales cristianos, así que espetó al conde a que dejará de meterle mano y se pusiera a dormir. Dios les estaba contemplando y no le gustaba lo que estaba viendo. Pero como muchos ya habréis adivinado el conde no se iba a dar por vencido tan fácilmente, así que esperó paciente una nueva oportunidad. Al cabo de un rato cuando Cornellà ya se había dormido Ponç Hug volvió a la carga. ¿Qué mejor que una emboscada nocturna?. El caballero se despertó sobresaltado al notar que algo había empuñado, en fin… ya os podéis hacer una idea. Se levantó de un salto de la cama pidiendo explicaciones a su señor, quien en una admirable actuación digna del Oscar al mejor actor revelación, abrió los ojos como quién no sabe que está sucediendo. La respuesta del conde a la cara de estupor del caballero, fue para enmarcar: <¡Uy, uy! que torpe, es que estaba soñando y no me he dado cuenta de lo que hacía!> Imagino que esta contestación no debió sonarle muy convincente a Cornellà, porque claro, cuando te dicen esto pero siguen sin soltar a tu amiguito, y encima te están mirando con una sonrisa socarrona (guiñito incluido) pues claro, uno como que empieza a sospechar que su señor es cuanto menos sospechoso. Ante aquella situación tan incómoda y una vez se hubo librado del cepo de su señor, el joven caballero optó por calzarse nuevamente los calzoncillos y dormir en el suelo. Según contó a los oficiales reales el conde no pudo con su determinación y no llegaron a consumar el acto de sodomía, incluso afirmó que el conde estuvo llorando toda la noche como consecuencia de su estrepitoso fracaso. Al parecer el bueno de Ponç Hug era todo un romántico y aquella derrota había herido sus sentimientos. Lamentablemente para él, aquella no iba a ser la única derrota que encajaría ya que un tiempo más tarde y con aquellos abominables informes en la mano, el rey Jaime II de Aragón invadió el condado de Ampurias por tierra y por mar, obligando al desdichado conde Ponç Hug a someterse de nuevo a su autoridad real y abandonar aquellos repugnantes actos de perversión ¿Quizá con invitarle a cenar habría sido suficiente para someterle? Cosas de la Edad Media.

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