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Aprovechando el «gran éxito» que está cosechando la nueva serie de Telecinco Las aventuras del capitán Alatriste, espadachines, mujeres ucranianas de buen ver, zagales con cuchillos que parecen comprados en un chino y Quevedos sacados de la película de Orlando Bloom sobre los tres mosqueteros… he decidido sacar partido al tirón y enchufaros una entrada sobre una noche de juerga de unos mallorquines a finales del siglo XVI. Espero dar la talla y no desmerecer a la nueva serie de culto de Telecinco.

Desde hace varios años, en pleno casco antiguo de Palma, el remozado barrio de la Calatrava ofrece al transeúnte toda clase de distracciones con las que relajarse y desconectar de la exigente rutina diaria. No hay nada como una buena terracita, una caña bien fresquita -o copazo para los gourmets del gyntonic- para disfrutar de los pequeños placeres de la vida. En el año 1595 el barrio de la Calatrava no era muy distinto al de hoy en día, ya que si uno se lo proponía éste podía ofrecerle cualquier clase de entretenimiento. Ese fue el caso del platero Onofre Bordoy, de su buen amigo Jaume Bibiloni y de los hombres de Dios Joan Pons y Pere Antoni Castell, quienes vivieron una noche para recordar. Ya sabéis como empiezan estas cosas, salieron a tomarse unos vinitos con la calma, con la sana intención de ponerse al día, hablar de lo raras que eran las mujeres e irse a dormir pronto porque al día siguiente había que madrugar. Evidentemente y como era de esperar después de apurar demasiadas jarras de vino la cosa se les fue de las manos. Nuestros amigos, después de ponerse morados a tapas y vino en la taberna de Na Joana Tomasa (hoy estaría cerca de la calle Socors), decidieron continuar la fiesta en otro lugar más animado. Así que ya tenéis a cuatro tipos bien apañados, de lo más selecto de la societé mallorquina, dando tumbos por la calle de la Pelletería en dirección a Montesión en busca de alguna taberna en la que continuar con la fiesta. A la altura de la iglesia de Montesión y mientras uno de ellos echaba los higadillos en una esquina, pagando las consecuencias de haber bebido con tanta alegría, los presbíteros aprovecharon para acercarse hasta la calle del Sol para cerrar unos negocios que habían dejado pendientes la noche anterior. Unos minutos después y mientras Bordoy ayudaba a Bibiloni a recomponerse aparecieron resoplando a la carrera los dos curas, la habían liado parda. Sin dar explicaciones decidieron que quizá era un buen momento para dar por terminada la fiesta y llevar a Bibiloni a su casa a que durmiera la mona. De camino los curas le contaron a Bibiloni y Bordoy lo que había sucedido. Resulta que se habían liado a guantazos con unos tipos que la noche anterior les habían amenazado. ¿Que entendemos por amenaza en la Mallorca del siglo XVI? nada, poca cosa, pues la típica situación en que te ponen un buen pistolón en medio del pecho y te invitan a esquivar la bala con la ayuda de Dios. Así que los curillas después de pasar por la lavandería para limpiarse los gayumbos habían decidido tomarse la justicia por su mano, pero la jugada no les había salido precisamente a pedir de boca. Al llegar a casa de Bibiloni (que vivía cerca de la iglesia de San Francisco) y darse la vuelta se llevaron la sorpresa de la noche. Los conocidos de Pons y Castells, dos tipos grandes y fuertes con cara de pocos amigos, les habían seguido y se dirigían hacia ellos con las espadas desenvainadas. Parece que no les había gustado que dos curas les vacilaran. Castells y Bibiloni, al que se le pasó la torrija rápidamente, consiguieron ponerse a salvo dentro de la casa, pero Pons y Bordoy no estuvieron tan atentos. La suerte ya estaba echada, así que tiraron de espada. Por todos es sabido que los curas tienen muchas y buenas virtudes, entre ellas: sermonear al personal, consolar a las compungidas viudas, confesar monjas o beber vino –mezclado no agitado a poder ser- en nombre del Señor. Pero entre todas estas cualidades la esgrima no es precisamente su fuerte. Muy a su pesar, en el seminario del siglo XVI no se daba ni zumba ni clases de autodefensa. Así que en estas estaban, metidos en medio de un buen fregado, batiéndose el cobre como unos machotes cuando el bueno de Pons en un portentoso despliegue de habilidades técnicas en el manejo de la espada y la estrategia de combate se pisa la capa y cae de espaldas pegándose un señor costalazo (y esto no me lo he inventado). Acto seguido enrabietado por el ridículo espantoso que acababa de hacer y haciendo gala de una agilidad digna del más grande de los felinos, Pons se levanta de un salto, observa a sus rivales con una más que preparada mirada asesina, se da media vuelta y sale corriendo. Estoy seguro que la cara de Bordoy al ver semejante acto de valentía por parte de su “amigo” debió ser todo un poema. A pesar de que pintaban bastos para el platero hay que reconocer que el tío tenía arrestos y le puso huevos. Ahí estaba, en un dos contra uno, mano a mano, hombre a hombre, con un ojo a la virulé y jugándose el pellejo en un entierro al que no le habían invitado. Y entre muchos: <Ah veo que usáis contra mi la defensa Bonetti; me pareció apropiado; naturalmente esperaréis que yo ataque con Capo Ferro; naturalmente, pero encuentro que Tibalt elimina Capo Ferro ¿usted no?; a menos que el enemigo haya estudiado Agrippa; yo lo he hecho; ¡sois fabuloso! Gracias he trabajado duro para serlo>, Bordoy consiguió rechazar a aquellos rufianes y refugiarse a trompicones en la casa de Bibiloni. Al cabo de un rato y una vez que el peligro había pasado el escurridizo Pons se presentó en casa de Bibiloni para comentar con Bordoy y el resto de la panda las mejores jugadas de aquel inesperado encuentro; aunque tenía muy malas noticias para ellos, muy a su pesar la broma no le había salido gratis, le habían agujereado su magnífico sombrero. Lo dicho, ¡un amigo!

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