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Hay días que más vale no levantarse del catre y mucho menos jugarte a las cartas el dinero que no tienes. Lamentablemente ese temido día había llegado para nuestros pobres protagonistas. Los hermanos Baró eran unos avispados y astutos tahúres que disfrutaban inmensamente de pasarse las noches enteras en las tabernas de moda de la populosa Ciutat de Mallorca, desplumando a pobres e inexpertos jugadores noveles, haciendo gala si la ocasión lo requería de alguna que otra ayudita para mantener su reputación de excelentes y legales jugadores. Algún que otro noble había sido víctima de su talento natural para el juego y había tenido que dejar junto con su honrilla un buen puñado de relucientes anillos sobre la mesa. Pero la noche del 13 de julio de 1611 no estaba siendo una de sus mejores noches, la cosa se estaba poniendo guapa y la suerte hacía horas que brillaba por su ausencia. Parecía que había decidido tomarse un merecido descanso y meterse un par de copazos a la salud de los hermanos Baró. Después de demasiadas malas manos consecutivas con las cartas la deuda empezaba a ser cuanto menos escandalosa y para colmo los compañeros de mesa de los Baró no invitaban a pensar que iban a ser unos tipos comprensibles que aceptarían de buen grado sus disculpas y accederían a firmar una ventajosa financiación de la deuda a pagar en cómodos plazos. Todo ello siempre entre abrazos, sonrisas y parabienes. De hecho, uno de ellos era Joan Mas, otro experto jugador, conocido en el mundillo de los naipes por sus malas pulgas y su terrible facilidad para tomarse la justicia por su mano, sin necesidad de consultarlo con el alguacil de turno. En aquellos ambientes lo conocían como el Tuerto. Evidentemente un tipo con semejante apodo no podía augurar nada bueno y menos si te atrevías a hacerle trampas o algo mucho peor, deberle dinero. Así que ahí tenéis a los hermanos Baró sudando la gota gorda, con esa risita tonta que se te pone cuando sabes que la estas liando parda, tragando saliva como el que traga vidrio, mientras te abres todo lo que puedes el cuello de la casaca para tomar un poco de aire. < ¡Pero bueno!, ¿qué calor hace aquí, no?> < ¡Pepe por Dios, abre un poco esa ventana para que pase el aire!>. Cualquier otro en la misma situación cagaría raquetas, o en éste caso arcabuces de canto, pero los hermanos Baró eran tipos experimentados en esta clase de situaciones y tenían un plan. No es que fuera un plan cojonudo, pero ¡Ey! el viejo truco de salir por la ventana trasera de la taberna nunca les había fallado. Más que nada porque nunca habían tenido que probarlo. Era el momento de poner pies en polvorosa y desaparecer. Después de excusarse un instante para ir a por otra jarra de vino para continuar con más ánimo la partida se dirigieron rápidamente a la parte trasera de la taberna, saltaron por la ventana y salieron corriendo por patas. Como imaginaban que aquellos matones no tardarían mucho en darse cuenta de su ausencia decidieron refugiarse en la cercana iglesia de San Jaime. Estaban convencidos de que el Señor les ayudaría, no podía fallarles. Además allí aquellos melones no les encontrarían. Mientras tomaban aire y se reponían del calentón de la carrera frente a una de las capillas de la iglesia, intentando decidir qué hacer entraron dos encapuchados con muy malas intenciones. Pintaban bastos, la suerte seguía de parranda para los Baró. Obviamente eran sus amables compañeros de mesa, el Tuerto y su colega un tal Toni Uguet, otra joyita de los bajos fondos de Ciutat. Sin mediar palabra ni pedir explicaciones el Tuerto sacó con un rápido movimiento una de las pistolas que llevaba oculta bajo su capa, apuntó como buenamente pudo con el ojo bueno y disparó. Incompresiblemente falló el tiro. Aprovechando ese momento de duda, uno de los hermanos en un claro acto de solidaridad fraternal dio media vuelta y empezó a correr como un galgo refugiándose en la sacristía, cerrando la puerta tras de si y dejando a su hermano a su suerte (que así como iba la noche no iba a ser mucha). El pobre afortunado, con cierta dificultad para contener su vejiga y con un buen tembleque de piernas, se quedó clavado con las manos levantadas intentando hacer ver a aquellos amables caballeros que él no tenía nada que ver con su despreciable hermano y que todo había sido un gran malentendido, que justamente ahora iban a su casa a por el dinero que les debían. Craso error “mon ami”. Superado ese segundo de sorpresa provocado por el tiro errado, Mas y Uguet no lo dudaron ni un instante y mientras el pobre infeliz continuaba con sus balbuceos hecharon manos de los cuchillos y se abalanzaron sobre él. El resultado fue el esperado, lo cosieron a puñaladas, dejándolo malherido y desangrándose sobre el altar de la capilla. Asunto resuelto y cuenta saldada. Así lo encontraron a la mañana siguiente las competentes autoridades reales que se desplazaron hasta la iglesia de San Jaime con la intención de iniciar las investigaciones pertinentes para aclarar quién era el culpable de aquel horrible asesinato. Como era de esperar, después de algunas pesquisas los agentes reales no consideraron oportuno acusar a aquellos infames y conocidos criminales, que habían dejado al bueno de Baró como un colador. Siempre nos quedará el BWIN.

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