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Cuando tu hijo te dice que quiere ser artista y dedicar su vida a convertirse en un pintor de éxito, siempre existe ese ligero momento de duda en el que un padre se pregunta ¿por qué a mí? ¿Por qué no podía querer ser médico, astronauta, futbolista o piloto de Fórmula 1? Pensamientos que a su vez ese mismo padre siempre negará, ya que al final y viendo que no podrá doblegar la determinación de su inconsciente hijo ante la llamada de las artes, acabará cediendo y haciendo de tripas corazón, aceptando a regañadientes el camino que ha elegido su vástago. Admitiendo con pesar que tendrá que partirse la espalda a trabajar hasta el fin de sus días para mantener al artista el resto de su vida. Las artes y las letras nunca fueron una buena elección ¡y lo sabéis! Si pensáis que esto sólo sucede hoy en día, permitidme que os diga que estáis equivocados y sino que se lo digan al bueno de Jerónimo Xaverí. Seguro que aquella soleada mañana de agosto de 1570, mientras abría como cada día su modesta tienda de sastrería en la parroquia de San Miguel de la ciudad de Mallorca, no podía imaginarse lo que se le venía encima. ¿Un hijo artista? ¡Venga ya, no me toméis el pelo! Pues sí, esa misma mañana su hijo Jerónimo de apenas doce años se le acercó, se plantó frente a él y le soltó a la cara que quería ser artista, quería pintar, no quería ser sastre. ¡Quería captar la belleza del mundo con su pincel! La había cagado, ¿artista? ¿pintor? podía darse por jodido. Habría preferido que le dijera que quería ser cura, domador de caballos, pastelero o incluso bloguero. Ya podía empezar a sacar dinero de debajo de las piedras, se iba a hartar de hacer casacas y calzones. No sabía quien le había metido esas ideas en la cabeza pero aquel mocoso le iba a arruinar. A pesar de todo, el sufrido padre se mostró decidido a hacer todo lo posible para proporcionar todos los medios necesarios a su estrambótico hijo y de esta manera pagarle los estudios de pintura en Valencia. Por aquel entonces, y a pesar de no contar todavía con su famosa Ciudad de las Artes y las Ciencias, Valencia ya era una ciudad reconocida por su pasión por el arte. Así que el pobre sastre se puso manos a la obra y resolvió por comenzar a cobrarse todas las deudas de los millonetis y demás engominados de la ciudad que desde hacía ya un tiempo se habían aficionado a encargarle nuevos y caros trapitos a la última moda madrileña para luego descolgarse con el clásico: <no os lo creeréis amigo mío, pero me acabo de dar cuenta que me he dejado la cartera encima de la arquimesa de mi despacho, que despistado soy, pero no os preocupéis ya os lo pagaré>. ¿El primero de la lista?, el canónigo Jerónimo Santjust, quien ironías del destino no hacía precisamente honor a su apellido. El tío sólo hacía cinco años que le debía una buena pasta. Y no era porque el pobre Jerónimo fuera conocido en el barrio como el Humilde. El amigo estaba bien forrado, Dios le había dado el dinero por castigo. ¿Señor por qué eres siempre tan duro con tus hijos? Pobre Santjust, sufriendo una terrible miseria viviendo en un buen casoplón de tres plantas con patio en pleno centro, cerca del palacio del obispo y con vistas al mar, no se fuera a estresar su señoría por tener que hacer una misa a la semana. Así que Xaverí se maquea y se pone sus mejores galas (espada al cinto incluida, no fuera cosa que el canónigo se pusiera tonto) y se va para casa del humilde Santjust a pedirle el dinero que le debe. Lo que en un principio comenzó como una cordial reunión con muchas sonrisas y parabienes por parte de Santjust rápidamente se complicó. En el preciso instante en que Xaverí cansado de tanta palabrería barata se levantó y le dijo al canónigo: ¿Estáis listo para oírlo reverendo? Aquí viene… ¡show me the money! ¡ohhh, yeahhh! ¡show me the money! ¡Sí, my man! ¡Vamos reverend! ¡Quiero oírtelo decir! El poco santo y menos justo canónigo no se lo tomó muy bien y en un arrebato de ira se despachó a gusto contra Xaverí, <que como se atrevía a ir a su casa a pedirle dinero> <que él no era un moroso, era un respetado religioso> <que lo más que se merecía es que le rajaran la cara por su descaro o que lo ejecutaran allí mismo como el cerdo que era>. Todo un ejemplo de piedad y fair play financiero este Santjust. Viendo que si seguía por ese camino iba a acabar en el regazo del inquisidor del reino, Xaverí decidió largarse de allí y dar su dinero por perdido. Pero el canónigo estaba on fire y no había dicho su última palabra. Mientras Xaverí bajaba la escalera camino a la calle, el muy cobarde le soltó la última amenaza: <sastrecillo, sabed que no os pagare ni una moneda pero gustoso entregaré 100 ducados al primero que quiera pegaros una buena paliza por vuestra osadía>. Hasta aquí habíamos llegado, aquello era suficiente, <de perdidos al río>, debió pensar Xaverí. Así que aceptando lo que vendría, se dio media vuelta, echó su capa hacia atrás dejando libre la empuñadura de su espada y empezó a subir la escalera dispuesto a clavársela en el pecho a aquel malnacido calvorotas. Justo cuando Xaverí desenvainaba la espada para darle matarile a aquel bocachancla, el cual ya se estaba arrepintiendo de su chulería eclesiástica, y empezaba a encomendarse a su creador, apareció el carpintero Pere Musa, buen amigo de Xaverí quien in extremis consiguió salvar los muebles haciendo entrar en razón al sastre. ¿Quién cuidaría del artista de la familia si él pasaba los días encerrado en la prisión del inquisidor?